Rápido
Página/12 – 22 de junio de 2019
“Haría lo mismo pero más rápido”
fue la frase de Macri que quedó ahí flameando, como una amenaza. A la bandera
nacional no la honra, pero tiene esta otra, sucia y deshilachada. La de la
amenaza más vieja del mundo. Macri miente tanto que pocas veces como cuando
dijo eso los argentinos entendimos que estaba diciendo la verdad. Pero el
sentido de esa amenaza quedó atado al ajuste, como si lo que Macri tuviera en
mente fuera sólo seguir ordeñando la ubre vacía que somos después de su
gestión.
Esa frase está deshilachada por el
tiempo porque no es ocurrente, ni moderno, ni novedoso lo que Macri tiene en
mente hacer más rápido. Es lo más viejo del mundo. La dominación. Este modelo
ya tensó todo lo posible el ánimo y las reservas de paciencia de millones.
Entonces cuando la escuchamos, cuando sabemos que es eso lo que quiere, ir más
rápido, sería más preciso que pensemos que esa rapidez indefectiblemente
estaría empapada en sangre. Macri amenaza, en rigor, con ponerse mucho más
violento.
Sangre como la que salió de la
frente de Silvia Maldonado esta semana. Como la de esa adolescente que abrió la
puerta de su casa de un barrio de Santiago del Estero y le pidió al policía,
con su bebé en brazos, la orden de allanamiento antes de abrirle el paso, y lo
que recibió fue un balazo en la frente. Vimos el video. Eran salvajes
uniformados atacando un barrio pobre donde alguien se había robado una
amoladora y un taladro. El balazo ante el pedido de la orden de allanamiento
nos habla de una ruptura total del contrato social. Por eso es necesario uno
nuevo.
El propósito de “ir más rápido”
seguro que incluye seguir hambreando al pueblo argentino, pero ese saqueo ya
pondrá en acción a ese tipo de fuerzas de seguridad que son de inseguridad, e
implica no ya la “mano dura”, sino el mismísimo gatillo apuntado a la nalga o
la frente de cualquiera. La idea de “ir más rápido” de Macri se entiende mejor
ahora que se sabe quién lo acompañará. Miguel Pichetto, desde el anuncio, dio
varias muestras gratis del carácter de esa rapidez. Habló de la expectativa de
más “emprendedores” -una palabra cínica como pocas en un país destartalado, en
el que ese gobierno integrado por el mejor equipo, durante siete horas mantuvo
a todo el país y a parte de los países vecinos en la oscuridad total y cuyos
funcionarios se presentaron luego a decir “no sabemos qué pasó”.
Y dijo Pichetto: “Más
emprendedores y menos cartoneros”. Después hubo traductores en los medios que
le suavizaron el deseo y la intención. Quiso decir, explicaron, que quiere que
más gente trabaje y menos gente deba vivir de la basura. Pero el candidato
vicioso de oficialismos no sólo lo dijo, lo pronunció. Y lo pronunció con asco,
con molestia, como quien huele mierda, como quien dice “más gente de bien y
menos delincuentes” o “más gente que trabaje y menos vagos” o “más gente como
uno y menos negros” o cualquiera de las variantes del discurso aberrante y
antihumanista del macrismo. ¿Qué otra cosa puede querer decir?
La fórmula macrista explicita lo
que el actual presidente quiere hacer: sacar su lado alfa, promover los alfas
en las fuerzas de seguridad y en toda la sociedad, salir del closet y por fin
parecerse a ese Mito-Hulk con el que Bolsonaro se presentó en Brasil. El ajuste
que le exige el Fondo no puede hacerse pacíficamente. Eso mismo le explicaba
Margaret Thatcher en la década del 70 a Friedrich Hayek, el mentor del
neoliberalismo, cuando le escribió desde el Chile pinochetista y le dijo que
había que hacer exactamente lo que estaba viendo allí. “Usted sabrá que hay
cosas que no se pueden hacer en una democracia”, le contestó la ajustadora
británica. Ella hizo lo que pudo. No tanto como Pinochet, claro.
Ahora estamos en una nueva fase
de esa corriente económica y política. El capitalismo choca contra sus propios
límites y la riqueza está concentrada como nunca. Los grandes medios ya no
hacen periodismo sino acción psicológica. Las audiencias globales están
desorientadas, indignándose por lo que no pasó. Nadie sabe exactamente quiénes
manejan el poder en países opacos como los nuestros, con gobiernos que tienen
mandantes en el extranjero. Esta neocolonización fraguada en el norte pero
acompasada con fenómenos de época (como los neonazismos explícitos, como las
violaciones en manada, como los linchamientos, como los asesinatos diarios de
líderes sociales o ambientales, como la venta de esclavos en Libia, como los
africanos abandonados a su propio ahogo en el Mediterráneo, y la lista es muy
larga). ¿Nos damos cuenta de que el mundo retrocedió a una especie de falsa
edad media en la que los nobles y sus cortes beben sus elixires y mordisquean
frutas exóticas mientras el noventa por ciento de la población ha sido o será
condenada a la absoluta falta de derechos y bienes y recursos? Y para eso, la dominación
siempre ha requerido de la cultura de la dominación.
Antes de las elecciones de 2015
muchos decíamos que lo que teníamos enfrente era una opción entre un modelo de
trabajo y un modelo de desempleo. Suena frío, escuchado a la distancia. El modelo
de Macri incluye inocular en nuestro fuero íntimo el síndrome del vencido y
hacernos sentir inútiles y porquerías. Incluye inmiscuirse en nuestra
idea de nosotros mismos y lograr convencernos de que es esto lo que nos ha
tocado ser. Por eso detestan a los gremios docentes.
La bandera de Macri es vieja y
está deshilachada. A lo largo de la historia humana, los tiranos, los
emperadores, los señores feudales, los colonizadores y todos los que dominaron
a otros no siempre lo hicieron sólo por la fuerza. Es la cultura la que se
ocupa de domesticar al hambriento o de quebrar al perseguido. Pero si no lo
hace, la dominación es implacable y mata. Sin culpa, sin explicaciones, sin
disimulo. Por eso es imperioso mandar lo accesorio a su lugar, y tener colectivamente
el eje fijo en lo imprescindible: ganar.
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