Acerca del lector, ese blanco móvil
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Asun Bernárdez Rodal
Desde
la antigua invención de la escritura, la palabra escrita ha sido la depositaria
y la garante del conocimiento. Esta aseveración puede ser aceptada como válida
por lo menos hasta el comienzo del desarrollo de las nuevas tecnologías de la
información en nuestro siglo. Sin duda, el prestigio de la cultura escrita ha
determinado que el ejercicio crítico se realizase únicamente sobre dos
elementos de la comunicación: el emisor y el texto. La historia de la cultura
ha sido la historia de los grandes nombres: autores y obras asociados a épocas
y estilos, y nada o casi nada que decir acerca de los receptores, lectores o
consumidores de esos productos culturales. Pero en los últimos tiempos, la situación
ha dado un giro radical: ha llegado el momento en que, propiciada por las
investigaciones del público de masas, el lector o receptor ha pasado a ser el
punto de mira de disciplinas tan dispares como la psicología social, la
semiología, la crítica literaria o los estudios de mercado.
El
concepto de receptor, lector, destinatario, decodificador, audiencia, etc. no
sólo ha constituido una parte muy importante de la teoría de la Comunicación ,
prácticamente desde los años cincuenta, sino que se ha convertido en un motor
de cambio epistemológico al enfocar el problema de cómo funcionan y se integran
los medios de comunicación en la sociedad y en las estructuras mentales de los
individuos. Escribir hoy en día sobre el concepto de lector, receptor, codificador,
etc. implica tener que asumir algunas premisas. La primera, que nos adentramos
en un terreno teórico de plena madurez en cuento a investigaciones tanto
teóricas como prácticas, en una discusión que para nada acaba de comenzar, y
que ha sido una batalla permanente desde que a partir de los años cuarenta
comenzara a superarse la consabida "Teoría hipodérmica". En segundo
lugar, supone también adentrarse en un campo minado por los prejuicios con los
que como individuos sociales y como críticos tenemos que enfrentarnos, como el
de concebir la televisión como fuente de toda estulticia, o bien el argumento
contrario y más a tono con nuestra época de que cada lector hace
"terrorismo semiótico" interpretando como quiere los textos.
Por
último, quiero mencionar la evidencia de que tratar el problema de la recepción
supone situarnos en una encrucijada de disciplinas que van desde la opinión
pública, la teoría literaria, la semiótica, etc. disciplinas que utilizan una
diversidad de métodos tanto experimentales como textuales. Pero además, cada
uno de estos enfoques definirá de un modo totalmente distinto conceptos básicos
como el de "texto" y relaciones diversas con el "lector".
De ahí la complejidad a la hora de hacer una puesta al día del problema de la
recepción.
1.-
Una pequeña historia de los efectos.
El
período entre las dos guerras mundiales coincidió con la difusión masiva de la
propaganda, los medios de comunicación masas, y la creencia de que éstos eran
omnipotentes. Para la
Teoría Hipodérmica el receptor era un elemento pasivo, Wright
decía que :"cada miembro del público de masas es personal y
directamente "atacado por el mensaje" y Lazarsfeld definía los
medios de comunicación como "una especie de sistema nervioso simple que
se extiende hasta cada ojo y cada oído, en una sociedad caracterizada por la
escasez de relaciones interpersonales y por una organización social
amorfa". La teoría pareció confirmarse con la radiodifusión en 1938 de
La guerra de los mundos realizada por Orson Wells. El pánico que produjo
en los oyentes vino a corroborar la idea de la supuesta credulidad de las masas
y la influencia de la radio. Sin embargo, el trabajo de Cantril de 1940
aclaraba ya que los motivos del pánico generalizado se debían al contexto de
crisis económica y desempleo que afectaba a los Estados Unidos en ese momento.
En definitiva, la denominada "teoría hipodérmica" se encontró con el
problema de que, en la práctica, algunas campañas conseguían el efecto
contrario al proyectado por sus creadores. Los estudios de los fenómenos
psicológicos individuales, las interrelaciones entre individuo-medios de
comunicación y de ambos con la sociedad, tuvieron que ser tenidos en cuenta.
El
fracaso de la "teoría hipodérmica" hizo que Lasswell en 1948
dividiera en varios sectores el proceso comunicativo: por un lado los emisores;
por otro, el estudio de la elaboración de los mensajes; y por último, el
análisis de las audiencias y los efectos. Para este autor las funciones de los
medios serían: la supervisión o vigilancia del entorno, la correlación entre
los grupos sociales, y la transmisión de una herencia social de una generación
a otra. En definitiva, los trabajos de Lasswell son los que primero cuestionan
el problema del receptor en el paradigma informacional.
El
trabajo de Lazarsfeld de 1940 Radio and the Printed Page, inauguró una
línea hacia la "teoría de los efectos limitados", que
estudiaba el contexto de la comunicación teniendo en cuenta factores de tipo
sociológico: sexo, religión, edad, niveles de motivación, etcétera; hablando de
"influencia interpersonal" y de relaciones sociales, en las que el
concepto de "masa" queda diluido. Los "efectos
limitados" y de "refuerzo" constituyen el único tipo
de influencia ejercido por los medios de comunicación.
El
modelo comunicativo formulado en 1949 por los ingenieros Shanon y Weaver, con
el nombre de "teoría matemática de la comunicación", resultó
un esquema unidireccional que no tenía en cuenta los sujetos sociales ni las
acciones que se llevan a cabo en el acto comunicativo; y por supuesto, no se
interesaba tampoco por los valores semánticos del intercambio de la
información.
En
la corriente de investigación denominada de "la persuasión" o
"psicológica", los elementos de la comunicación están tomados como
algo complejo que responden, entre otros, a factores de tipo psicológico de los
individuos que los recibe. La interpretación modela y transforma el
significado del mensaje adecuándolo al sistema de valores del destinatario.
Se intentó entonces evaluar de forma empírica los efectos de los medios masivos
en las audiencias, y se comprobó que el público no era tan manipulable como se
suponía. Más bien se comportaba como un elemento activo y transformador. Tal
como dice Schramm: "Esta evolución desde la Teoría Bala al estudio
del Público Obstinado y de allí al concepto del Público Activo constituye uno
de los capítulos interesantes e importantes en la ciencia social moderna".
El individuo no es un ser aislado sino que interactúa socialmente. La
comunicación no es un proceso lineal, lo que se transmite no es un mensaje,
sino un haz de mensajes que forman el contexto comunicativo, desplazándose así
la investigación de los medios de comunicación de masas a un terreno colectivo.
2.-
Aportaciones de la lingüística y la semiótica
Un
paso definitivo dentro del cambio epistemológico que supone el tomar al
receptor como elemento activo lo realizó Jakobson en sus Ensayos de
lingüística general", al crear el concepto de
"destinatario", al que se le otorga una competencia como
"lector", presupuesto en el mensaje del emisor. Toda conducta verbal
está orientada a un fin, a influir en un destinatario ya sea de una manera
implícita o explícita. La lengua utilizada para comunicar no es sólo una mera
transmisora de mensajes, es portadora de significados sociales
interindividuales. No utilizamos el lenguaje sólo para comunicar, sino para
realizar acciones, proporcionando al esquema clásico de la comunicación
una riqueza interpretativa mucho mayor.
El
denominado modelo "semiótico-informacional", puso en evidencia que el
mensaje no se transmite de un modo "transparente", sino que depende
(en palabras de Eco) de la enciclopedia del receptor, porque éste tiene
la posibilidad de hacer lo que quiera con los mensajes, de tal forma que la
reacción de un receptor es siempre imprevisible, al producirse una
decodificación "aberrante" con relación a lo que el emisor se
había propuesto. La transmisión de mensajes está determinada por una
serie de estrategias narrativas que se ponen en juego a la hora de
comunicar. Umberto Eco y Paolo Fabbri llegaron a las siguientes conclusiones:
los destinatarios reciben conjuntos textuales, no mensajes; los
destinatarios no comparan los mensajes con códigos, sino con conjuntos de
prácticas textuales depositadas culturalmente; y que los mensajes nunca son
recibidos de una forma unívoca.
3.-
Los estudios sobre los efectos en los últimos años.
No
podemos hacer un análisis exhaustivo de todo lo que ha sido la historia de los
efectos, sino sólo proponer un breve recorrido por lo que han sido las posiciones
más novedosas en los últimos diez años. Lo primero que llama poderosamente la
atención es cómo el estudio de los efectos televisivos ha determinado el resto
del campo y ha predominado una serie de estudios que tratan de determinar ya no
los efectos de los textos mediales sobre el público, sino sobre los usos
que hace el público de esos textos. (Que no es más que la antigua idea de Eco).
Esto ha supuesto ni más ni menos que el reconocimiento de que la tarea del
espectador es interpretativa y por lo tanto activa.
El
dar cuenta de la presencia de los "enfoques culturales" en la crítica
europea de los últimos tiempos, no implica que debamos olvidar que las
investigaciones empíricas se sigue llevando a cabo en el ámbito americano. Dos
libros de publicación reciente nos muestran esta diversidad de enfoques todavía
presentes. Me refiero a Los efectos de los medios de comunicación de
Jennings Bryant y Dolf Zillmann y En busca del público de Daniel Dayan.
3.1
El ámbito americano.
Las
investigaciones sobre la influencia de los medios de comunicación (me refiero a
las investigaciones empíricas del ámbito americano) en determinadas audiencias
se unificaron bajo el epígrafe de la "teoría de los efectos a largo
plazo" que quería determinar en qué grado, en un período de tiempo amplio
los medios de comunicación influyen sobre los consumidores de media. El
problema se planteó al querer fijar con exactitud el límite temporal a
estudiar, con lo difícil que resultaba además individualizar algunas de las
variables que influyen en el comportamiento social e individual. Así, Lindorf
confirma la necesidad de estudiar sistemáticamente los contextos
situacionales en los cuales los media son usados y consumidos. Con esta
teoría se hizo también evidente la necesidad de tener en cuenta el proceso de
"planetarización" o transformaciones a nivel político que
explican el auge de la idea del "poder absoluto de los medios" en la
época actual. Este fenómeno (junto con la difusión de la televisión) ha hecho
que de nuevo aflorara la idea de la omnipotencia de los medios. La dificultad
para este tipo de estudios está en medir empíricamente el grado de influencia
sobre nuestras conciencias y sobre la construcción de la imagen de la realidad.
En definitiva, desde hace algunos años se ha supuesto un gran poder a los
medios de comunicación, pero sin saber a ciencia cierta a qué nivel actúan.
Las
tendencias más recientes coinciden en otorgar un poder casi omnipotente a los
medios de comunicación. Tanto la agenda setting como la teoría de la espiral
del silencio, la hipótesis del Knowledge-gap, la Cultivation Theory ,
la teoría de la "dependencia de los medios" o el
análisis del efecto priming han sido criticados por dedicarse sólo a
analizar elementos empíricos y porque sus conclusiones difícilmente se pueden
hacer norma general, si bien han puesto en evidencia aspectos individuales
dentro de la globalidad del fenómeno de los medios de comunicación.
Todas
estas teorías tienen en común el intentar determinar en qué modo los medios
intervienen en la organización cognitiva y conceptual del sujeto. Presuponen
también que los medios poseen un poder sobre los marcos, sobre los
estilos cognitivos y hasta sobre la percepción del sujeto. Existe por tanto una
relación entre las últimas tendencias de las investigaciones y la vieja
"teoría hipodérmica". Las tendencias actuales parten de la base de
que el ser humano depende de los medios para construir su organización
cognitiva de la realidad en términos de adquisición de conocimiento, más que como
problemas de manipulación o persuasión. La respuesta que pueden dar los
teóricos oscila entre la visión mecanicista de los medios de comunicación, y
aquellos que piensan en una "influencia de serie B", o lo que es lo
mismo, de refuerzo, en cuanto que no puede cambiar actitudes previas, sino que
fomenta las tendencias individuales.
El
problema para estas investigaciones está en determinar cómo se plantea la
capacidad humana de "comprender" la información, al poner en relación
tres elementos: el texto, los sistemas de conocimiento y la realidad. Analizar
el proceso de "comprender" significa tener en cuenta factores
complejos que no se limitan a la conexión que se establece entre
espectador/texto. La influencia de los medios no se determina exclusivamente
por su acumulación, sino que se cristaliza también a través de la integración
de la información recibida con la experiencia precedente, en un continuo
trabajo de negociación entre ambas. Ver la televisión no es una actividad
pasiva porque impone al receptor una re-adaptación y elaboración del mensaje
para integrarlo a su propia estructura mental. Lo difícil es saber si el
espectador aplica los mismos esquemas mentales a su realidad inmediata que a la
proporcionada por la televisión o el cine, por ejemplo. Algunos estudios
realizados afirman que esto no es así. Por ejemplo, resulta muy interesante la
investigación de Winterhoff-Spurk de 1989 "Televisión y conocimiento del
mundo", donde se sugiere que sólo respecto a situaciones que no han sido
todavía experimentadas y para las cuales los modelos de comportamiento no están
suficientemente articulados, el sujeto que consume mucha televisión recurre a
la información proporcionada por ésta, pero no la usa como modelo de
comportamiento para la vida cotidiana.
En
todo este proceso, son interesantes los análisis para determinar las tareas que
el espectador realiza cuando consume productos mediales, en concreto cuando
está sentado frente a una pantalla, aceptando ahora nuevas variables como la selectividad
o la intencionalidad. Hoy se trabaja sobre la imposibilidad de
permanecer inactivos al procesar la información, incluso cuando un individuo
realiza la aparente tarea pasiva de ver televisión. La idea resulta obvia si
aplicamos una norma general del funcionamiento mental humano en cuanto a la
información: es decir, que actuamos ante la información medial como ante
cualquier otra forma de información. Tal como observa Bettetini cuando estudia
el comportamiento de un televidente ante la capacidad que posee actualmente de
hacer "zapping":
"intentar
estudiar el efecto del mismo zapping sobre la memorización, significa ponerse
definitivamente más allá de la noción de comprensión como efecto necesario de
los media; significa, también, tener un cuenta una situación real de fractura
de la textualidad a favor de una "nueva percepción" atemporal y
fragmentada"
Las
investigaciones actuales han dejado de buscar los efectos individuales que una
campaña o un tipo de publicidad produce, para centrarse en un sentido más
general, en áreas temáticas. Además, se tiende a realizar las investigaciones
en diferentes niveles: Análisis del discurso organizado de los media;
representación social de los mismos; y por último comprensión del público,
modos de consumo, etcétera. Los estudios no se preocupan de medir el cambio de
opinión individual, sino analizar en qué medida se han modificado o integrado
en el modo de la percepción de la realidad social: lo importante es saber cómo
se transforman actitudes, ideas, etcétera. Por lo tanto, se privilegian los efectos
en el plano cognitivo, sobre modelos culturales en general. Se abandona la
línea de investigación de los "efectos limitados", para centrarse en
los efectos de tipo acumulativo.
La
pregunta sigue siendo cuál es el modelo de transmisión de la teoría de la
comunicación. Es decir: los procesos de construcción de los significados, en
términos de acumulación (legados a la repetitividad del mensaje) y en términos
de omnipresencia (no tanto la difusión cuantitativa de los medios, sino en
términos de "opinión" socialmente difusos. En definitiva, parece que
estamos ante un sistema de tipo circular, sin una política de efectos
concretos. Se puede, eso sí, plantear la pregunta de cómo funciona este
sistema, necesariamente circular en que cada momento concreto es el
"imput" del siguiente y tratar de descubrir lo que serían las reglas
de rutina productiva. De momento parece que los efectos son más de naturaleza
reforzadora que transformadora; y de tipo conservador, en el sentido que
tienden a perpetuar el esquema que ellos mismos producen.
2.2.
El ámbito europeo.
Las
últimas investigaciones en Europa se han desarrollado en general bajo la
influencia de los estudios llevados a cabo en diferentes instituciones inglesas
influenciadas por el "redescubrimiento de la ideología" de los años
70, donde trabajos como los de Stuart Hall se basaron en el descubrimiento y
formalización de las estructuras ideológicas de los textos mediales. En este
contexto hay que incluir, por ejemplo, los trabajos de Glasgow Media Group
sobre el tema de la información sesgada.
En
los últimos años se ha producido un cambio radical en cuanto a este
planteamiento. Aunque en muchos trabajos no dejan de reconocerse o analizarse
determinados factores políticos, las investigaciones se han centrado en
estudiar la construcción de identidades personales y culturales. En este nuevo
planteamiento han sido fundamental la toma de conciencia sobre la naturaleza
contradictoria de los procesos en los que se inscribe el consumo cultural en
general y el replanteamiento del concepto "cultura popular". Hoy en
día, muchos de los trabajos referidos a la recepción de textos mediales se
recogen bajo el epígrafe de "Estudios culturales". Un ejemplo
emblemático en esta evolución lo tenemos en los trabajos de David Morley sobre El
público de Nationwide publicado en Inglaterra en 1980, donde analizaba
veintinueve grupos de entornos socioeconómicos diferentes, para saber si las
variaciones en la decodificación del citado informativo, respondían al hecho de
que el público tenía diferentes niveles de acceso a códigos y competencias, y
esto estaba en correspondencia directa sus respectivas posiciones
socio-económicas. Este autor continuó su trabajo en 1986, pero centrándose en
los procesos de decodificación llevados a cabo en un contexto doméstico, y
conforme fueron avanzando sus investigaciones se interesó cada ve más por
aclarar la articulación de la esfera pública y privada y en general los marcos
gracias a los cuales se establece la comunicación para construir identidades culturales.
La
evolución del trabajo de Morley no es simplemente anecdótico, sino que muestra
el desarrollo de los estudios de comunicación en los últimos años. De un
público al que se supone atontado y estúpido se ha pasado a concebir un
espectador en libertad para interpretar lo que quiere. Tal como lo definía
Morley en 1990 los estudios culturales se basan sobre dos premisas
fundamentales: el público se caracteriza en primer lugar por ser siempre
activo, y en segundo lugar los textos son siempre polisémicos y abiertos. Se
comprende cómo enseguida surgen las críticas a estas dos premisas que parecen
querer justificar un "todo vale", porque si olvidamos que en el texto
está inscritas una serie de determinaciones que el receptor decodifica, se cae
e un relativismo y en una visión romántica del lector, y por supuesto en un
conformismo complaciente con los productos culturales. Trabajos como los de
Brunsdon y Gripsrud reflexionan sobre los problemas metodológicos que puede
acarrear el hecho de disolver completamente el texto en las lecturas que
suscita, y por lo tanto, avisando de la necesidad de seguir realizando crítica
textual.
Otro
ejemplo de esta tendencia "romántica" de los efectos lo tenemos en el
elogio de Fiske de la "democracia semiótica", que no es más ni menos
que ver el texto como única clausura del sentido, sin tener en cuenta el factor
social de la lecturas, para él no susceptible de análisis pues es siempre
diverso y cambiante. Por otra parte, la recreación "libre" de la
lectura al margen de las determinaciones textuales, se ha concebido como un
lugar de libertad capaz de subvertir la lectura de textos de ideología
dominante, tal como hizo Radway en su famosos estudio; con el peligro de
exagerar el tema de la resistencia popular, sobre todo en aquellos sectores en
los que no hay acceso a los códigos necesarios para la descodificación.
3.-
A modo de conclusiones.
La
problemática conceptual sobre los efectos ha estado dirigida hacia dos puntos
centrales. En primer lugar, se ha producido el paso del modelo conductista a
una hipótesis sociológica de tipo funcionalista. No se trata ahora de averiguar
lo que el mensaje hace al público, sino lo que éste hace con el mensaje. En
segundo lugar, se ha abandonado el análisis de los efectos sobre los individuos
en favor del estudio de los grupos. Esto significa tener en cuenta la
sociología de la cultura y la competencia comunicativa del público en general.
En
Estados Unidos se siguen realizando estudios desde el punto de vista
cognitivista, aunque sin duda se deja sentir la influencia de los trabajos
culturales europeos. Bajo esta influencia se han llevado a cabo investigaciones
empíricas sobre comunicación política, la violencia de los media, las minorías,
la publicidad, el tratamiento de la sexualidad, etc. pero que son muy
cuestionados a la hora de contrastar sus conclusiones.
En
Europa, sobre todo bajo la égida de los estudios de comunicación ingleses, se
trabaja en el campo de los estudios culturales intentando un acercamiento
etnográfico al público. Pero el culturalismo de los últimos diez años ha
generado ya una autocrítica por el peligro que supone el dejar de considerar el
texto como una entidad significativa. Aceptar que un texto sea polisémico, no
quiere decir que no posea una estructura, unos mecanismos significantes que
promueven ciertos significados, partiendo de la base de que todo texto tiene
siempre elementos que determinan la clausura del sentido.
En
los últimos tiempos se ha extendido la imagen de un lector capaz de dominar el
contenido de los mensajes, de subvertir la ideología dominante que se transmite
a través de los medios y hacer con ellos lo que quiera, un ejemplo es la
siguiente cita de Budd: "no hay motivo para preocuparse. Los espectadores
pasan, por cierto, varias horas ante el televisor. Consumen, por cierto, sus
imágenes, sus mensajes publicitarios y sus valores. Pero todo marcha bien. Esos
espectadores son activos y críticos; no son los moluscos culturales manipulados
por los medios...". Esta especie de conclusión redentora final, parece
instalar a la crítica en una peligrosa situación de conformismo al descuidar
todo lo que tiene que ver con las fuerzas ideológicas de la sociedad. También
Moldeski previene de cómo la idea de un consumidor activo ha sido llevada
demasiado lejos: "La tesis según la cual los públicos, lejos de ser
manipulados, utilizan en beneficio propio los artefactos de la cultura de
masas, ha sido llevada tan lejos que la cultura de masas ha dejado de ser un
problema para ciertos críticos marxistas... Varios de los miembros de la
escuela de Francfort tenían un problema de distancia. Estaban muy lejos, en
efecto, de la cultura que estudiaban. Los críticos contemporáneos sufren el
problema inverso: inmersos en, y a menudo enamorados de su objeto, no son
capaces a veces de mantener una distancia crítica. Termina así ponderando los
méritos de la cultura de masas y adoptando su ideología". En definitiva,
el problema sigue siendo el cómo conciliar la distancia que hay entre el lector
modelo del que hace tantos años hablaba Eco -un lector inscrito en el texto- y
el lector empírico, e intentar aclarar las formas de negociación y de
estrategia entre ambos que presupone un acto de lectura.
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