El orden del discurso - Michel Foucault
El deseo dice: "no querría tener que
entrar en este orden azaroso del discurso; no querría tener relación con cuanto
hay en él de tajante y decisivo; querría que me rodeara como una transparencia
apacible, profunda, indefinidamente abierta, en la que otros respondieran a mi
espera, y de la que brotaran las verdades, una a una; yo no tendría más que
dejarme arrastrar, en él y por él, como algo abandonado, flotante y
dichoso". Y la institución responde: "no hay por qué tener miedo de
empezar; todos estamos aquí para mostrarte que el discurso está en el orden de
las leyes, que desde hace mucho tiempo se vela por su aparición; que se le ha
preparado un lugar que le honra pero que le desarma, y que, si consigue algún
poder, es de nosotros y únicamente de nosotros de quien lo obtiene".
Pero quizá esta institución y este deseo no
son otra cosa que dos réplicas opuestas a una misma inquietud: inquietud con
respecto a lo que es el discurso en su realidad material de cosa pronunciada o
escrita; inquietud con respecto a esta existencia transitoria destinada sin
duda a desaparecer, pero según una duración
que no nos pertenece, inquietud al sentir bajo esta actividad, no
obstante cotidiana y gris, poderes y peligros defíciles de imaginar; inquietud
al sospechar la existencia de luchas, victorias, heridas, dominaciones,
servidumbres, a través de tantas palabras en las que el uso, desde hace tanto
tiempo, ha reducido las asperezas.
Pero, ¿qué hay de tan peligroso en el hecho
de que la gente hable y de que sus discursos proliferen indefinidamente?¿En
dónde está por tanto el peligro?
En toda sociedad la producción del discurso
está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto número de
procedimientos que tienen por función
conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar
su pesada y temible materialidad.
En una sociedad como la nuestra son bien
conocidos los procedimientos de exclusión. Foucault encuentra
tres sistemas de exclusión discursiva: lo prohibido, la locura y la voluntad
de verdad.
El más evidente -y el más familiar también-
es lo prohibido. Uno sabe que no tiene derecho a decirlo todo, que no se puede hablar de
todo en cualquier circunstancia, que cualquiera, en fin, no puede hablar de
cualquier cosa. Tabú del objeto, ritual de la circunstancia, derecho exclusivo
o privilegiado del sujeto que habla. Como ejemplo, baste mencionar dos temas
que significan tabú: sexualidad y política.
Por más que en apariencia el discurso sea
poca cosa, las prohibiciones que recaen sobre él revelan muy pronto,
rápidamente, su vinculación con el deseo y con el poder. Y esto no tiene nada
de extraño, pues el discurso no es simplemente lo que manifiesta (o encubre) el
deseo; es también el objeto del deseo. El discurso no es simplemente
aquello que traduce las luchas o los
sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se
lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse.
La locura. Desde
la más alejada Edad Media, el loco es aquel cuyo discurso no puede circular
como el de los otros; su palabra es considerada nula y sin valor pues no
contiene verdad ni importancia, más aún desde el punto de vista legal. A la vez
-desde un punto de vista místico o poético- también se le confiere extraños
poderes como el de enunciar una verdad oculta, el de predecir el porvenir, el
de ver en su plena ingenuidad lo que la sabiduría de los otros no puede
percibir. Resulta curioso constatar que en Europa, durante siglos, la palabra
del loco no era escuchada o si lo era, recibía la acogida de una palabra
portadora de verdad.
De todas formas, excluida o secretamente
investida por la razón, en un sentido estricto, no existía.
El discurso de la verdad. Quizá
sea un tanto aventurado considerar la oposición entre lo verdadero y lo falso
como un tercer sistema de exclusión. ¿Cómo van a poder compararse
razonablemente la coacción de la verdad con separaciones que son arbitrarias
desde el comienzo o que cuando menos se organizan en torno a contingencias
históricas; que no sólo son modificables sino que están en perpetuo
desplazamiento; que están sostenidas por todo un sistema de instituciones que las
imponen y las acompañan en su vigencia y que finalmente no se ejercen sin
coacción y sin cierta violencia?[1]
Desde luego, si uno se sitúa en el nivel de
una proposición, en el interior de un discurso, la separación entre lo
verdadero y lo falso no es ni arbitraria, ni modificable, ni institucional, ni
violenta. Pero si uno se sitúa en otra escala, si se plantea la cuestión de
saber cuál ha sido y cuál es constantemente, a través de nuestros discursos,
esa voluntad de verdad que ha atravesado tantos siglos de nuestra historia, o
cuál es en su forma general el tipo de separación que rige nuestra voluntad de
saber, es entonces, quizá, cuando se ve dibujarse algo así como un sistema de
exclusión.
Separación históricamente constituida, sin
duda alguna. Pues todavía en los poetas griegos del siglo VI, el discurso
verdadero -en el más intenso y valorado sentido de la palabra-, el discurso
verdadero por el cual se tenía respeto y terror, aquel al que era necesario
someterse porque reinaba, era el discurso pronunciado por quien tenía el
derecho y según el ritual requerido; era el discurso que decidía la justicia y
atribuía a cada uno su parte; era el discurso que, profetizando el porvenir, no
sólo anunciaba lo que iba a pasar, sino que contribuía a su realización, arrastraba
consigo la adhesión de los hombres y se engarzaba así con el destino. Ahora
bien, he aquí que un siglo más tarde la verdad superior no residía ya más en lo
que era el discurso o en lo que hacía,
sino que residía en lo que decía: llegó un día en que la verdad se
desplazó del acto ritualizado, eficaz y justo, de enunciación, hacia el
enunciado mismo: hacia su sentido, su forma, su objeto, su relación con su
referencia. Entre Hesíodo y Platón se establece cierta separación, disociando
el discurso verdadero y el discurso falso; separación nueva, pues en lo
sucesivo el discurso verdadero ya no será el discurso precioso y deseable, pues
ya no será el discurso ligado al ejercicio del poder. El sofista ha sido
expulsado.
En ciertos momentos de los siglos XVI y XVII
(y en Inglaterra sobre todo) apareció una voluntad de saber que, anticipándose
a sus contenidos actuales, dibujaba planes de objetos posibles, observables,
medibles, clasificables; una voluntad de saber que imponía al sujeto conocedor
-y de alguna manera antes de toda experiencia-
una cierta posición, una cierta forma de mirar y una cierta función -ver
más que leer, verificar más que comentar- ; una voluntad de saber que
prescribía el nivel técnico del que los conocimientos deberían investirse para
ser verificables y útiles.
Pues esta voluntad de verdad, como los otros
sistemas de exclusión, se apoya en una base institucional: está a la vez
reforzada y acompañada por una densa serie de prácticas como la pedagogía, el
sistema de libros, la edición, las bibliotecas, las sociedades de sabios de
antaño, los laboratorios actuales. Pero es acompañada también, más
profundamente sin duda, por la forma que tiene el saber de ponerse en práctica
en una sociedad, en la que es valorado, distribuido, repartido y en cierta
forma atribuido.
Recordemos -y a título simbólico unicamente-
el viejo principio griego: que la aritmética puede muy bien ser objeto de las
sociedades democráticas, pues enseña las relaciones de igualdad, pero que la
geometría sólo deber ser enseñada en las oligarquías ya que demuestra las
proporciones en la desigualdad.
Esa voluntad de verdad está apoyada en una
base y una distribución institucional, tiende a ejercer sobre los otros
discursos -hablo siempre de nuestra sociedad- una especie de presión y de poder
de coacción.
El discurso verdadero, al que la necesidad de su forma exime del
deseo y libera del poder, no puede reconocer la voluntad de verdad que lo
atraviesa; y la voluntad de verdad que se nos ha impuesto desde hace mucho tiempo
es tal que no puede dejar de enmascarar la verdad que quiere.
Así no aparece ante nuestros ojos más que una
verdad que sería riqueza, fecundidad, fuerza suave e insidiosamente universal.
E ignoramos por el contrario la voluntad de verdad, como prodigiosa maquinaria
destinada a excluir.
Comentarios
Publicar un comentario