El lector Modelo
ECO,
Umberto; Lector in Fabula
3.1.
El papel del lector
Un texto, tal como aparece en su
superficie (o manifestación) lingüística, representa una cadena de artificios
expresivos que el destinatario debe actualizar. Como en este libro hemos
decidido ocuparnos sólo de textos escritos (y a medida que avancemos iremos
restringiendo nuestros experimentos de análisis a textos narrativos), de ahora
en adelante no hablaremos tanto de destinatario como de "lector", así
como usaremos indiferentemente la denominación de Emisor y de Autor para
definir al productor del texto. En la medida en que debe ser actualizado, un
texto está incompleto. Por dos razones. La primera no se refiere sólo a los
objetos lingüísticos que hemos convenido en definir como textos (cf. 1.1), sino
también a cualquier mensaje, incluidas las oraciones y los términos aislados.
Una expresión sigue siendo un mero ilatus vocis mientras no se la pone en
correlación, por referencia a determinado código, con su contenido establecido
por convención: en este sentido, el destinatario se postula siempre como el operador
(no necesariamente empírico) capaz, por decirlo así, de abrir el diccionario a
cada palabra que encuentra y de recurrir a una serie de reglas sintácticas
preexistentes con el fin de reconocer las funciones recíprocas de los términos
en el contexto de la oración. Podemos decir, entonces, que todo mensaje postula
una competencia gramatical por parte del destinatario, incluso si se emite en
una lengua que sólo el emisor conoce (salvo los casos de glosolalia, en que el
propio emisor supone que no cabe interpretación lingüística alguna, sino a lo
sumo una repercusión emotiva y una evocación extralingüística). Abrir el
diccionario significa aceptar también una serie de postulados de significación:
x un término sigue estando esencialmente incompleto aun después de haber
recibido una definición formulada a partir de un diccionario mínimo. Este
diccionario nos dice que un bergantín es una nave, pero no desentraña otras
propiedades semánticas de |nave|. Esta cuestión se vincula, por un lado, con el
carácter infinito de la interpretación (basado, como hemos visto, en la teoría
peirciana de los interpretantes) y, por otro, con la temática del entrañe
(entailment) y de la relación entre propiedades necesarias, esenciales y
accidentales (cf. 4). Sin embargo, un texto se distingue de otros tipos de
expresiones por su mayor complejidad. El motivo principal de esa complejidad es
precisamente el hecho de que está plagado de elementos no dichos (cf. Ducrot,
1972). "No dicho" significa no manifiesto en la superficie, en el plano
de la expresión: pero precisamente son esos elementos no dichos los que deben
actualizarse en la etapa de la actualización del contenido. Para ello, un texto
(con mayor fuerza que cualquier otro tipo de mensaje) requiere ciertos
movimientos cooperativos, activos y conscientes, por parte del lector. Dado el
fragmento de texto:
(9) Juan entró en el cuarto.
«¡Entonces, has vuelto!», exclamó María, radiante,
es evidente que el lector debe
actualizar el contenido a través de una compleja serie de movimientos
cooperativos. Dejemos de lado, por el momento, la actualización de las
correferencias (es decir, la necesidad de establecer que el |tú| implícito en
el uso de la segunda persona singular del verbo |haber| se refiere a Juan);
pero ya esta correferencia depende de una regla conversacional en virtud de la
cual el lector supone que, cuando no se dan otras especificaciones, dada la
presencia de dos personajes, el que habla se refiere necesariamente al otro.
Sin embargo, esta regla conversacional se injerta sobre otra decisión
interpretativa, es decir, sobre una operación extensional que realiza el
lector: éste ha decidido que, sobre la base del texto que se le ha
suministrado, se perfila una parcela de mundo habitada por dos individuos, Juan
y María, dotados de la propiedad de encontrarse en el mismo cuarto. Por último,
el hecho de que María se encuentre en el mismo cuarto que Juan depende de otra
inferencia basada en el uso del artículo determinado |el|: hay un cuarto, y
sólo uno, del cual se habla.2 Aún queda por averiguar si el lector considera
oportuno identificar a Juan y a María, mediante índices referenciales, como
entidades del mundo externo, que conoce sobre la base de una experiencia previa
que comparte con el autor, si el autor se refiere a individuos que el lector
desconoce o si el fragmento de texto (9) debe conectarse con otros fragmentos
de texto previos o ulteriores en que Juan y María han sido interpretados, o lo
serán, mediante descripciones definidas. Pero, como decíamos, soslayemos todos
estos problemas. No hay dudas de que en la actualización inciden otros
movimientos cooperativos. En primer lugar, el lector debe actualizar su
enciclopedia para poder comprender que el uso del verbo |volver| entraña de
alguna manera que, previamente, el sujeto se había alejado (una gramática de
casos analizaría esta acción atribuyendo a los sustantivos determinados
postulados de significación: el que vuelve se ha alejado antes, así como el
soltero es un ser humano masculino adulto). En segundo lugar, se requiere del
lector un trabajo de inferencia para extraer, del uso del adversativo
|entonces|, la conclusión de que María no esperaba ese regreso, y de la
determinación |radiante|, el convencimiento de que, de todos modos, lo deseaba
ardientemente. Así, pues, el texto está plagado de espacios en blanco, de
intersticios que hay que rellenar; quien lo emitió preveía que se los
rellenaría y los dejó en blanco por dos razones. Ante todo, porque un texto es
un mecanismo perezoso (o económico) que vive de la plusvalía de sentido que el
destinatario introduce en él y sólo en casos de extrema pedantería, de extrema
preocupación didáctica o de extrema represión el texto se complica con
redundancias y especificaciones ulteriores (hasta el extremo de violar las
reglas normales de conversación). En segundo lugar, porque, a medida que pasa
de la función didáctica a la estética, un texto quiere dejar al lector la
iniciativa interpretativa, aunque normalmente desea ser interpretado con un
margen suficiente de univocidad. Un texto quiere que alguien lo ayude a
funcionar. Naturalmente, no intentamos elaborar aquí una tipología de los
textos en función de su "pereza" o del grado de libertad que ofrece
(libertad que en otra parte hemos definido como "apertura"). De esto
hablaremos más adelante. Pero debemos decir ya que un texto postula a su
destinatario como condición indispensable no sólo de su propia capacidad
comunicativa concreta, sino también de la propia potencialidad significativa.
En otras palabras un texto se emite para que alguien lo actualice; incluso
cuando no se espera (o no se desea) que ese alguien exista concreta y
empíricamente.
3.2.
Cómo el texto prevé al lector
Sin embargo, esta obvia condición
de existencia de los textos parece chocar con otra ley pragmática no menos
obvia que, si bien ha podido permanecer oculta durante gran parte de la
historia de la teoría de las comunicaciones, ya no lo está en la actualidad.
Dicha ley puede formularse fácilmente mediante el lema: la competencia del
destinatario no coincide necesariamente con la del emisor. Ya se ha criticado
ampliamente el modelo comunicativo vulgarizado por los primeros teóricos de la
información: un Emisor, un Mensaje y un Destinatario, donde el Mensaje se
genera y se interpreta sobre la base de un Código. Ahora sabemos que los
códigos del destinatario pueden diferir, totalmente o en parte, de los códigos
del emisor; que el código no es una entidad simple, sino a menudo un complejo
sistema de sistemas de reglas; que el código lingüístico no es suficiente para comprender
un mensaje lingüístico: |¿Fuma?| |No| es descodificable lingüísticamente como
pregunta y respuesta acerca de los hábitos del destinatario de la pregunta;
pero, en determinadas circunstancias de emisión, la respuesta connota
"mala educación" sobre la base de un código que no es lingüístico,
sino cereínonial: hubiese debido decirse |no, gracias |. Así, pues, para
"descodificar" un mensaje verbal se necesita, además de la
competencia lingüística, una competencia circunstancial diversificada, una capacidad
para poner en funciona miento ciertas presuposiciones, para reprimir
idiosincrasias, etcétera.
¿Qué garantiza la cooperación
textual frente a estas posibilidades de interpretación más o menos
"aberrantes"? En la comunicación cara a cara intervienen infinitas
formas de reforzamiento extralingüístico (gesticular, ostensivo, etc.) e
infinitos procedimientos de redundancia y jeed back (retroalimentación) que se
apuntalan mutuamente. Esto revela que nunca se da una comunicación meramente
lingüística, sino una actividad semiótica en sentido amplio, en la que varios
sistemas de signos se complementan entre sí. Pero ¿qué ocurre en el caso de un
texto escrito, que el autor genera y después entrega a una variedad de actos de
interpretación, como quien mete un mensaje en una botella y luego la arroja al
mar?
Hemos dicho que el texto postula la
cooperación del lector como condición de su actualización. Podemos mejorar esa
formulación diciendo que un texto es un producto cuya suerte interpretativa
debe formar parte de su propio mecanismo generativo: generar un texto significa
aplicar una estrategia que incluye las previsiones de los movimientos del otro;
como ocurre, por lo demás, en toda estrategia. En la estrategia militar (o
ajedrecística, digamos: en toda estrategia de juego), el estratega se fabrica
un modelo de adversario. Si hago este movimiento, arriesgaba Napoleón,
Wellington debería reaccionar de tal manera. Si hago este movimiento,
argumentaba Wellington, Napoleón debería reaccionar de tal manera. En ese caso
concreto, Wellington generó su estrategia mejor que Napoleón, se construyó un
Napoleón Modelo que se parecía más al Napoleón concreto que el Wellington
Modelo, imaginado por Napoleón, al Wellington concreto. La analogía sólo falla
por el hecho de que, en el caso de un texto, lo que el autor suele querer es
que el adversario gane, no que pierda. Pero no siempre es así. El relato de
Alphonse Aliáis que analizaremos en el último capítulo se parece más a la
batalla de Waterloo que a la Divina Comedia. Pero en la estrategia militar (a
diferencia de la ajedrecística) pueden surgir accidentes casuales (por ejemplo,
la ineptitud de Grouchy). Otro tanto ocurre en los textos: a veces, Grouchy
regresa (cosa que no hizo en Waterloo), a veces llega Massena (como sucedió en
Marengo). El buen estratega debe contar incluso con estos acontecimientos
casuales, debe preverlos mediante un cálculo probabilístico. Lo mismo debe
hacer el autor de un texto. "Ese brazo del lago de Como": ¿y si
aparece un lector que nunca ha oído hablar de Como? Debo apañármelas para poder
recobrarlo más adelante; por el momento juguemos como si Como fuese un flatus
vocis, similar a Xanadou. Más adelante se harán alusiones al cielo de
Lombardía, a la relación entre Como, Milán y Bérgamo, a la situación de la
península itálica. Tarde o temprano, el lector enciclopédicamente pobre quedará
atrapado. Ahora, la conclusión parece sencilla. Para organizar su estrategia
textual, un autor debe referirse a una serie de competencias (expresión más
amplia que "conocimiento de los códigos") capaces de dar contenido a
las expresiones que utiliza. Debe suponer que el conjunto de competencias a que
se refiere es el mismo al que se refiere su lector. Por consiguiente, deberá
prever un Lector Modelo capaz de cooperar en la actualización textual de la
manera prevista por él y de moverse interpretativamente, igual que él se ha
movido generativamente. Los medios a que recurre son múltiples: la elección de
una lengua (que excluye obviamente a quien no la habla), la elección de un tipo
de enciclopedia (si comienzo un texto con |como está explicado claramente en la
primera Crítica.., ¡ ya restrinjo, y en un sentido bastante corporativo, la
imagen de mi Lector Modelo), la elección de determinado patrimonio léxico y
estilístico... Puedo proporcionar ciertas marcas distintivas de género que
seleccionan la audiencia: |Queridos niños, había una vez en un país lejano...|;
puedo restringir el campo geográfico: |¡Amigos, romanos, conciudadanos!].
Muchos textos señalan cuál es su Lector Modelo presuponiendo apertis verbis
(perdón por el oxímoron) una competencia enciclopédica específica. Para rendir
homenaje a tantos análisis ilustres de filosofía del lenguaje, consideremos el
comienzo de Waverley, cuyo autor es notoriamente su autor. Sin embargo, en este
ejemplo hay algo más que lo ya mencionado. Por un lado, el autor presupone la
competencia de su Lector Modelo; por otro, en cambio, la instituye. También a
nosotros, que no teníamos experiencia de las novelas góticas conocidas por los
lectores de Walter Scott, se nos invita ahora a saber que ciertos nombres
connotan "héroe caballeresco" y que existen novelas de caballería
pobladas de personajes como los mencionados, que ostentan características
estilísticas en cierto sentido lamentables. De manera que prever el
correspondiente Lector Modelo no significa sólo "esperar" que éste
exista, sino también mover el texto para construirlo. Un texto no sólo se apoya
sobre una competencia: también contribuye a producirla. Así, pues, ¿un texto no
es tan perezoso y su exigencia de cooperación no es tan amplia como lo que
quiere hacer creer? ¿Se parece a una caja llena de elementos prefabricados
("kit") que hace trabajar al usuario sólo para producir un único tipo
de producto final, sin perdonar los posibles errores, o bien a un
"mecano" que permite construir a voluntad una multiplicidad de
formas? ¿Es una lujosa caja que contiene las piezas de un rompecabezas que, una
vez resuelto, siempre dará como resultado a la Gioconda, o, en cambio, es una
simple caja de lápices de colores? ¿Hay textos dispuestos a asumir los posibles
eventos previstos en la figura 1? ¿Hay textos que juegan con esas desviaciones,
que las sugieren, que las esperan; textos "abiertos" que admiten
innumerables lecturas, capaces de proporcionar un goce infinito? ¿Estos textos
de goce renuncian a postular un Lector Modelo o, en cambio, postulan uno de
otro tipo? Cabría tratar de elaborar
ciertas tipologías, pero la lista se presentaría en forma de continuum graduado
con infinitos
3.3.
Textos "cerrados" y textos "abiertos"
Ciertos autores conocen la
situación pragmática ejemplificada en la figura 1. Pero creen que se trata de
la descripción de una serie de accidentes posibles, aunque evitables. Por
consiguiente, determinan su Lector Modelo con sagacidad sociológica y con un
brillante sentido de la media estadística: se dirigirán alternativamente a los
niños, a los melómanos, a los médicos, a los homosexuales, a los aficionados al
surf, a las amas de casa pequeñoburguesas, a los aficionados a las telas
inglesas, a los amantes de la pesca submarina, etc. Como dicen los
publicitarios, eligen un target (y una "diana" no coopera demasiado:
sólo espera ser alcanzada). Se las apañarán para que cada término, cada modo de
hablar, cada referencia enciclopédica sean los que previsiblemente puede
comprender su lector. Apuntarán a estimular un efecto preciso; para estar
seguros de desencadenar una reacción de horror dirán de entrada "y
entonces ocurrió algo horrible". En ciertos niveles, este juego resultará
exitoso. Pero bastará con que el libro de Carolina Invernizio, escrito para
modistillas turinesas de finales del siglo pasado, caiga en manos del más
entusiasta de los degustadores del kisch literario para que se convierta en una
fiesta de literatura transversal, de interpretación entre líneas, de saboreado
poncif, de gusto huysmaniano por los textos balbucientes. Ese texto dejará de
ser "cerrado" y represivo para convertirse en un texto sumamente
abierto, en una máquina de generar aventuras perversas. Pero también puede
ocurrir algo peor (o mejor, según los casos): que la competencia del Lector
Modelo no haya sido adecuadamente prevista, ya sea por un error de valoración
semiótica, por un análisis histórico insuficiente, por un prejuicio cultural o
por una apreciación inadecuada de las circunstancias de destinación. Un ejemplo
espléndido de tales aventuras de la interpretación lo constituyen Los misterios
de París, de Sue. Aunque fueron escritos desde la perspectiva de un dandi para
contar al público culto las excitantes experiencias de una miseria pintoresca,
el proletariado los leyó como una descripción clara y honesta de su opresión.
Al advertirlo, el autor los siguió escribiendo para ese proletariado: los
embutió de moralejas socialdemócratas, destinadas a persuadir a esas clases
"peligrosas" —a las que comprendía, aunque no por ello dejaba de
temer— de que no desesperaran por completo y confiaran en el sentido de la
justicia y en la buena voluntad de las clases pudientes. Señalado por Marx y
Engels como modelo de perorata reformista, el libro realiza un misterioso viaje
en el ánimo de unos lectores que volveremos a encontrar en las barricadas de
1848, empeñados en hacer la revolución porque, entre otras cosas, habían leído
Los misterios de París. ¿Acaso el libro contenía también esta actualización
posible? ¿Acaso también dibujaba en filigrana a ese Lector Modelo? Seguramente;
siempre y cuando se le leyera saltándose las partes moralizantes o no
queriéndolas entender. Nada más abierto que un texto cerrado. Pero esta
apertura es un efecto provocado por una iniciativa externa, por un modo de usar
el texto, de negarse a aceptar que sea él quien nos use. No se trata tanto de
una cooperación con el texto como de una violencia que se le inflige. Podemos
violentar un texto (podemos, incluso, comer un libro, como el apóstol en
Patmos) y hasta gozar sutilmente con ello. Pero lo que aquí nos interesa es la
cooperación textual como una actividad promovida por el texto; por
consiguiente, estas modalidades no nos interesan. Aclaremos que no nos
interesan desde esta perspectiva: la frase de Valéry "il n'y a pas de vrai
sens d'un texte" admite dos lecturas: que de un texto puede hacerse el uso
que se quiera, ésta es la lectura que aquí no nos interesa; y que de un texto
pueden darse infinitas interpretaciones, ésta es la lectura que consideraremos
ahora. Estamos ante un texto "abierto" cuando el autor sabe sacar
todo el partido posible de la figura 1. La lee como modelo de una situación
pragmática ineliminable. La asume como hipótesis regulativa de su estrategia.
Decide (aquí es precisamente donde la tipología de los textos corre el riesgo
de convertirse en un continuum de matices) hasta qué punto debe vigilar la
cooperación del lector, así como dónde debe suscitarla, dónde hay que dirigirla
y dónde hay que dejar que se convierta en una aventura interpretativa libre.
Dirá |una flor| y, en la medida en que sepa (y lo desee) que de esa palabra se
desprende el perfume de todas las flores ausentes, sabrá por cierto, de antemano,
que de ella no llegará a desprenderse el aroma de un licor muy añejo: ampliará
y restringirá el juego de la semiosis ilimitada según le apetezca. Una sola
cosa tratará de obtener con hábil estrategia: que, por muchas que sean las
interpretaciones posibles, unas repercutan sobre las otras de modo tal que no
se excluyan, sino que, en cambio, se refuercen recíprocamente. Podrá postular,
como ocurre en el caso de Finnegans Wake, un autor ideal afectado por un
insomnio ideal, dotado de una competencia variable: pero este autor ideal
deberá tener como competencia fundamental el dominio del inglés (aunque el
libro no esté escrito en inglés "verdadero"); y su lector no podrá
ser un lector de la época helenista, del siglo II después de Cristo, que ignore
la existencia de Dublín ni tampoco podrá ser una persona inculta dotada de un
léxico de dos mil palabras (si lo fuera, se trataría de otro caso de uso libre,
decidido desde fuera, o de lectura extremadamente restringida, limitada a las
estructuras discursivas más evidentes. De modo que Finnegans Wake espera un
lector ideal, que disponga de mucho tiempo, que esté dotado de gran habilidad
asociativa y de una enciclopedia cuyos límites sean borrosos: no cualquier tipo
de lector. Construye su Lector Modelo a través de la selección de los grados de
dificultad lingüística, de la riqueza de las referencias y mediante la
inserción en el texto de claves, remisiones y posibilidades, incluso variables,
de lecturas cruzadas. El Lector Modelo de Finnegans Wake es el operador capaz
de realizar al mismo tiempo la mayor cantidad posible de esas lecturas
cruzadas. Dicho de otro modo: incluso el último Joyce, autor del texto más
abierto que pueda mencionarse, construye su lector mediante una estrategia
textual. Cuando el texto se dirige a unos lectores que no postula ni contribuye
a producir, se vuelve ilegible (más de lo que ya es), o bien se convierte en
otro libro.
3.4.
Uso e interpretación
Así, pues, debemos distinguir
entre el uso libre de un texto tomado como estímulo imaginativo y la
interpretación de un texto abierto. Sobre esta distinción se basa, al margen de
cualquier ambigüedad teórica, la posibilidad de lo que Barthes denomina texto
para el goce: hay que decidir si se usa un texto como texto para el goce o si
determinado texto considera como constitutiva de su estrategia (y, por consiguiente,
de su interpretación) la estimulación del uso más libre posible. Pero creemos
que hay que fijar ciertos límites y que, con todo, la noción de interpretación
supone siempre una dialéctica entre la estrategia del autor y la respuesta del
Lector Modelo. Naturalmente, además de una práctica, puede haber una estética
del uso libre, aberrante, intencionado y malicioso de los textos. Borges
sugería leer La Odisea o La Imitación de Cristo como si las hubiese escrito
Céline. Propuesta espléndida, estimulante y muy realizable. Y sobre todo
creativa, porque, de hecho, supone la producción de un nuevo texto (así como el
Quijote de Pierre Menard es muy distinto del de Cervantes, con el que accidentalmente
concuerda palabra por palabra). Además, al escribir este otro texto (o este
texto como Alteridad) se llega a criticar al texto original o a descubrirle
posibilidades y valores ocultos; cosa, por lo demás, obvia: nada resulta más
revelador que una caricatura, precisamente porque parece el objeto
caricaturizado, sin serlo; por otra parte, ciertas novelas se vuelven más
bellas cuando alguien las cuenta, porque se convierten en "otras"
novelas. Desde el punto de vista de una semiótica general, y precisamente a la
luz de la complejidad de los procesos pragmáticos y del carácter contradictorio
del Campo Semántico Global, todas estas operaciones son teóricamente
explicables. Pero aunque, como nos ha mostrado Peirce, la cadena de las
interpretaciones puede ser infinita, el universo del discurso introduce una
limitación en el tamaño de la enciclopedia. Un texto no es más que la
estrategia que constituye el universo de sus interpretaciones, si no
"legítimas", legitimables. Cualquier otra decisión de usar libremente
un texto corresponde a la decisión de ampliar el universo del discurso. La
dinámica de la semiosis ilimitada no lo prohíbe, sino que lo fomenta. Pero hay
que saber si lo que se quiere es mantener activa la semiosis o interpretar un
texto. Añadamos, por último, que los textos cerrados son más resistentes al uso
que los textos abiertos. Concebidos para un Lector Modelo muy preciso, al
intentar dirigir represivamente su cooperación dejan espacios de uso bastante
elásticos. Tomemos, por ejemplo, las historias policíacas de Rex Stout e
interpretemos la relación entre Ñero Wolfe y Archie Goodwin como una relación
"kafkiana". ¿Por qué no? El texto soporta muy bien este uso, que no
entraña pérdida de la capacidad de entretenimiento de la fábula ni del gusto
cuando, al final, se descubre al asesino. Pero tomemos después El procesa, de
Kafka, y leámoslo como si fuese una historia policíaca. Legalmente podemos
hacerlo, pero textualmente el resultado es bastante lamentable. Más valdría
usar las páginas del libro para unos cigarrillos de marihuana: el gusto sería
mayor. Proust podía leer el horario ferroviario y reencontrar en los nombres de
las localidades del Valois ecos gratos y laberínticos del viaje nervaliano en
busca de Sylvie. Pero no se trataba de una interpretación del horario, sino de
un uso legítimo, casi psicodélico, del mismo. Por su parte, el horario prevé un
solo tipo de Lector Modelo: un operador cartesiano ortogonal dotado de un agudo
sentido de la irreversibilidad de las series temporales.
3.5.
Autor y lector como estrategias textuales
Un proceso comunicativo consta de
un Emisor, un Mensaje y un Destinatario. A menudo, el Emisor o el Destinatario
se manifiestan gramaticalmente en el mensaje: \Yo te digo que... | Cuando se
enfrenta con mensajes cuya función es referencial, el Destinatario utiliza esas
marcas gramaticales como índices referenciales (|yo| designará al sujeto
empírico del acto de enunciación del enunciado en cuestión, etc.). Otro tanto
puede ocurrir en el caso de textos bastante extensos, como cartas, páginas de
diarios y, en definitiva, todo aquello que se lee para adquirir información
sobre el autor y las circunstancias de la enunciación. Pero cuando un texto se
considera como texto, y sobre todo en los casos de textos concebidos para una
audiencia bastante amplia (como novelas, discursos políticos, informes
científicos, etc.), el Emisor y el Destinatario están presentes en el texto no
como polos del acto de enunciación, sino como papeles actanciales del enunciado
(cf. Jakobson, 1957). En estos casos, el autor se manifiesta textualmente sólo
como (i) un estilo reconocible, que también puede ser un idiolecto textual o de
corpus o de época histórico (cf. Tratado, 3.7.6); (ii) un puro papel actancial
(|yo| = "el sujeto de este enunciado"); (iii) como aparición
inlocutoria (|yo juro que| = "hay un sujeto que realiza la acción de
jurar") o como operador de fuerza perlocutoria que denuncia una
"instancia de la enunciación", o sea, una intervención de un sujeto
ajeno al enunciado, pero en cierto modo presente en el tejido textual más
amplio (¡de pronto ocurrió algo horrible...]; |—dijo la duquesa con una voz
capaz de estremecer a los muertos... |). Esta evocación del fantasma del Emisor
suele ir acompañada por una evocación del fantasma del Destinatario (Kristeva,
1970). Veamos el siguiente fragmento de las Investigaciones filosóficas, de
Wittgenstein, parágrafo 66:
(11) Considera, por ejemplo, los
procesos que llamamos «juegos». Me refiero a los juegos de ajedrez o de damas,
a los juegos de cartas, a los juegos de pelota, a las competiciones deportivas,
etc. ¿Qué tienen en común todos estos juegos? — No digas: «debe haber algo que
sea común a todos, porque si no no se llamarían 'juegos'»; mira, en cambio, si
efectivamente hay algo que sea común a todos. — De hecho, si los observas no
verás, por cierto, nada que sea común a todos, sino que verás semejanzas,
parentescos, verás más bien toda una serie...
Todos los pronombres personales
(implícitos o explícitos) no indican, en modo alguno, una persona llamada
Ludwig Wittgenstein o un lector empírico cualquiera: representan puras
estrategias textuales. La intervención de un sujeto hablante es complementaria
de la activación de un Lector Modelo cuyo perfil intelectual se determina sólo
por el tipo de operaciones interpretativas que se supone (y se exige) que debe
saber realizar: reconocer similitudes, tomar en consideración determinados
juegos... Análogamente, el autor no es más que una estrategia textual capaz de
establecer correlaciones semánticas: |me refiero...| (Jch meine...) significa
que, en el ámbito de este texto, el término |juego| deberá adoptar determinada
extensión (para así abarcar los juegos de ajedrez o de damas, los juegos de
cartas, etc.), al tiempo que se evita intencionalmente dar una descripción
intensional del mismo. En este texto, Wittgenstein no es más que un estilo
filosófico y el Lector Modelo no es más que la capacidad intelectual de
compartir ese estilo cooperando en su actualización. Quede, pues, claro que, de
ahora en adelante, cada vez que se utilicen términos como Autor y Lector Modelo
se entenderá siempre, en ambos casos, determinados tipos de estrategia textual.
El Lector Modelo es un conjunto de condiciones de felicidad, establecidas
textualmente, que deben satisfacerse para que el contenido potencial de un texto
quede plenamente actualizado.
Si el Autor y el Lector Modelo
son dos estrategias textuales, entonces nos encontramos ante una situación
doble. Por un lado, como hemos dicho hasta ahora, el autor empírico, en cuanto
sujeto de la enunciación textual, formula una hipótesis de Lector Modelo y, al
traducirla al lenguaje de su propia estrategia, se caracteriza a sí mismo en
cuanto sujeto del enunciado, con un lenguaje igualmente
"estratégico", como modo de operación textual. Pero, por otro lado,
también el lector empírico, como sujeto concreto de los actos de cooperación,
debe fabricarse una hipótesis de Autor, deduciéndola precisamente de los datos
de la estrategia textual. La hipótesis que formula el lector empírico acerca de
su Autor Modelo parece más segura que la que formula el autor empírico acerca
de su Lector Modelo. De hecho, el segundo debe postular algo que aún no existe
efectivamente y debe realizarlo como serie de operaciones textuales; en cambio,
el primero deduce una imagen tipo a partir de algo que previamente se ha
producido como acto de enunciación y que está presente textualmente como
enunciado. Pensemos en el ejemplo (11): Wittgenstein sólo postula la existencia
de un Lector Modelo capaz de realizar las operaciones cooperativas que él
propone; nosotros, en cambio, como lectores, reconocemos la imagen del
Wittgenstein textual como serie de operaciones y propuestas cooperativas
manifestadas en el texto. Pero no siempre el Autor Modelo es tan fácil de
distinguir: con frecuencia, el lector empírico tiende a rebajarlo al plano de
las informaciones que ya posee acerca del autor empírico como sujeto de la
enunciación. Estos riesgos, estas desviaciones vuelven a veces azarosa la
cooperación textual. Ante todo, por cooperación textual no debe entenderse la
actualización de las intenciones del sujeto empírico de la enunciación, sino de
las intenciones que el enunciado contiene virtualmente. Consideremos un
ejemplo. Si, en una discusión política o en un artículo, alguien designa a las
autoridades o a los ciudadanos de la URSS como |rusos| y no como |soviéticos|,
se interpreta que su propósito es activar una connotación ideológica explícita,
que equivale a negarse a reconocer la existencia política del Estado soviético
surgido de la revolución de octubre y pensar todavía en la Rusia zarista. En
ciertas situaciones, el uso de uno o de otro término resulta muy
discriminatorio. Pero también puede ocurrir que un autor desprovisto de
prejuicios antisoviéticos utilice el término |ruso| por descuido, por
costumbre, por comodidad o por facilidad, adhiriéndose así a un uso muy
difundido. Sin embargo, si el lector inserta las manifestaciones lineales (el
uso del lexema en cuestión) en los subcódigos que abarca su competencia (véanse
las operaciones cooperativas descritas en 4.6), tiene derecho a atribuir al
término |ruso| una connotación ideológica. Tiene derecho porque textualmente la
connotación se encuentra activada: ésa es la intención que debe atribuir a su
Autor Modelo, independientemente de las intenciones del autor empírico.
Insistamos en que la cooperación textual es un fenómeno que se realiza entre
dos estrategias discursivas, no entre dos sujetos individuales. Naturalmente,
para realizarse como Lector Modelo, el lector empírico tiene ciertos deberes
"filológicos": tiene el deber de recobrar con la mayor aproximación
posible los códigos del emisor. Supongamos que el emisor sea un hablante dotado
de un código bastante restringido, con escasa cultura política, incapaz de
tener en cuenta (dado el tamaño de su enciclopedia) esta diferencia; es decir,
supongamos que la oración sea pronunciada por una persona inculta cuyos
conocimientos político-lingüísticos son imprecisos, y que diga, por ejemplo,
que Kruschev era un político ruso (cuando en realidad era ucraniano). Es
evidente, pues, que interpretar el texto significa reconocer una enciclopedia
de emisión más restringida y genérica que la de destinación. Pero esto entraña
considerar las circunstancias de enunciación del texto. Suponiendo que ese
texto realice un trayecto comunicativo más amplio y que circule como texto
"público", ya no atribuible a su sujeto enunciador original, entonces
habrá que considerarlo en su nueva situación comunicativa, como texto referido
ahora, a través del fantasma de un Autor Modelo muy genérico, al sistema de
códigos y subcódigos aceptado por sus posibles destinatarios; por consiguiente,
deberá ser actualizado de acuerdo con la competencia de destinación. Entonces,
el texto connotará discriminación ideológica. Naturalmente, se trata de
decisiones cooperativas que requieren una valoración de la circulación social
de los textos; de modo que hay que prever casos en que se proyecta
deliberadamente un Autor Modelo que ha llegado a ser tal en virtud de determinados
acontecimientos sociológicos, aunque se reconozca que éste no coincide con el
autor empírico.8 Naturalmente, sigue existiendo la posibilidad de que el lector
suponga que la expresión |ruso| ha sido usada de una manera no intencionada
(intención psicológica atribuida al autor empírico), pero, sin embargo,
arriesgue una caracterización socioideológica o psicoanalítica del emisor
empírico: este último no sabía que estaba activando ciertas connotaciones, pero
inconscientemente lo deseaba. ¿Debemos hablar, en tal caso, de una cooperación
textual correcta? No es difícil advertir que esto supone una caracterización de
las "interpretaciones" sociológicas o psicoanalíticas de los textos,
según las cuales se intenta descubrir lo que el texto —independientemente de la
intención de sú autor— dice en realidad, ya sea sobre la personalidad de este
último o sus orígenes sociales, o bien sobre el mundo mismo del lector.
Pero también es evidente que esto
supone una aproximación a las estructuras semánticas profundas que el texto no
exhibe en su superficie, sino que el lector propone hipotéticamente como claves
para la actualización completa del texto: estructuras actanciales (preguntas
sobre el "tema" efectivo del texto, al margen de la historia
individual de Tal o Cual personaje, que a primera vista se nos cuenta) y
estructuras ideológicas. Estas estructuras se caracterizarán de modo preliminar
en el próximo capítulo y en el capítulo 9 se las analizará con más detalle. En
ese momento retomaremos este problema. Por ahora basta con concluir que podemos
hablar de Autor Modelo como hipótesis interpretativa cuando asistimos a la
aparición del sujeto de una estrategia textual tal como el texto mismo lo
presenta y no cuando, por detrás de la estrategia textual, se plantea la hipótesis
de un sujeto empírico que quizá deseaba o pensaba o deseaba pensar algo
distinto de lo que el texto, una vez referido a los códigos pertinentes, le
dice a su Lector Modelo. Sin embargo, no puede disimularse la importancia que
adquieren las circunstancias de la enunciación en la elección de un Autor
Modelo al incitar a la formulación de una hipótesis sobre las intenciones del
sujeto empírico de la enunciación. Un caso típico fue el de la interpretación
que la prensa y los partidos hicieron de las cartas de Aldo Moro durante el
cautiverio previo a su asesinato, interpretación sobre la que Lucrecia Escudero
ha escrito unas observaciones muy agudas. Si se plantea una interpretación de
las cartas de Moro referida a los códigos normales y se evita insistir en sus
circunstancias de enunciación, es indudable que se trata de cartas (y lo típico
en el caso de la carta privada es suponer que se trata de la expresión sincera
del pensamiento de quien la escribe) cuyo sujeto de la enunciación se
manifiesta como sujeto del enunciado, y expresa pedidos, consejos y
afirmaciones. Si tenemos en cuenta tanto las reglas conversacionales comunes
como el significado de las expresiones utilizadas, Moro está pidiendo un
intercambio de prisioneros. Sin embargo, gran parte de la prensa adoptó lo que
llamaremos estrategia cooperativa de rechazo: puso en tela de juicio, por una
parte, las condiciones de producción de los enunciados (Moro escribió bajo
coerción, de modo que no dictó lo que quería decir) y, por otra, la identidad
entre el sujeto del enunciado y el sujeto de la enunciación (los enunciados
dicen ¡yo, Moro|, pero el sujeto de la enunciación es otro, los secuestradores,
que hablan a través de Moro). En ambos casos se modifica la configuración del
Autor Modelo y su estrategia ya no se identifica con la estrategia que de otro
modo hubiese debido atribuirse al personaje empírico Aldo Moro (o sea, que el
Autor Modelo de esas cartas no es el Autor Modelo de otros textos verbales o
escritos producidos por Aldo Moro en condiciones normales). Esto justifica
diversas hipótesis: (i) Moro escribe, efectivamente, lo que escribe, pero
implícitamente sugiere que desea lo contrario, de manera que sus incitaciones
no deben tomarse al pie de la letra; (ii) Moro usa un estilo distinto del habitual
para transmitir un mensaje básico: "no creáis lo que escribo"; (iii)
Moro no es Moro porque dice cosas distintas de las que normalmente decía, de
las que normalmente diría, de las que razonablemente debería decir. Esta última
hipótesis pone claramente de manifiesto hasta qué punto las expectativas
ideológicas de los destinatarios incidieron sobre los procesos de
"autentificación" y sobre la definición tanto del autor empírico como
del Autor Modelo. Por otra parte, los partidos y los grupos favorables a la
negociación optaron por la actitud cooperativa opuesta y elaboraron una
estrategia de aceptación: las cartas dicen p y llevan la firma de Moro; por
consiguiente, Moro dice p. El sujeto de la enunciación no fue puesto en tela de
juicio y, por tanto, el Autor modelo de los textos cambió de fisonomía (y de
estrategia). Naturalmente, no se trata aquí de decir cuál de las dos
estrategias era la "adecuada". Si el problema era "¿quién ha
escrito esas cartas?", la respuesta sigue dependiendo de protocolos bastante
improbables. Si el problema era "¿quién es el Autor Modelo de esas
cartas?", es evidente que la decisión tomada en cada caso estaba influida
tanto por valoraciones relativas a la circunstancia de la enunciación como por
presuposiciones enciclopédicas relativas al "pensamiento habitual" de
Moro, así como (y, evidentemente, este último hecho sobredeterminaba a los dos
restantes) por puntos de vista ideológicos previos (sobre los que volveremos en
4.6.7). Según el Autor Modelo que se escogía, cambiaba el tipo de acto
lingüístico supuesto y el texto adquiría significados distintos que imponían
formas distintas de cooperación. Por lo demás, eso es lo que ocurre siempre que
se decide leer un enunciado absolutamente serio como si fuese un enunciado
irónico, y viceversa. La configuración del Autor Modelo depende de determinadas
huellas textuales, pero también involucra al universo que está detrás del
texto, detrás del destinatario y, probablemente, también ante el texto y ante
el proceso de cooperación (en el sentido de que dicha configuración depende de
la pregunta: "¿qué quiero hacer con este texto?").
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